CIENCIA FRICCIÓN (Cuando el futuro chirría)

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Se despierta. Oye la voz del presentador de TV Madrid, son las 10:36 del domingo 8 de Junio de 2041. Es un día de merecido descanso tras una ajetreada semana en el nuevo edificio de la avenida España, ajustando y corrigiendo los últimos detalles de su primera edificación. Héctor estaba contento porque tenía un gran proyecto en el que trabajar, el primero tras abandonar de la universidad.

Se levanta y se prepara el zumo natural de naranja diario acompañado por la lectura del periódico que le dejan todas las mañanas en el portal. Le duele la cabeza, en su zona parietal derecha, más de lo que le había dolido días atrás, piensa que es debido al estrés del trabajo y, tomándose un ibuprofeno, hace lo posible por quitarle importancia.

Regresa a casa antes de lo previsto con un dolor de cabeza muy fuerte, no podía continuar. Héctor empieza a preocuparse al ver que los fármacos no le rebajan el dolor. Súbitamente empieza a ver borroso, como si tuviese los ojos cubiertos de agua. Nota que le empiezan a flojear las extremidades y decide llamar al 061 para que vengan los servicios médicos, pero antes de poder marcar el número se desvanece.
A Héctor le mueven y consigue observar como un robot articulado volador con una cruz roja en su base entra por la ventana y lo prende con sus tres brazos articulados. Todo se vuelve oscuro. No se da cuenta, pero es depositado en la UCI de un hospital.

Tras la crisis del 2024, la sanidad pública redujo drásticamente los gastos y la calidad no es la de otros tiempos. El trato del personal médico es nefasto. No dan respuestas a las preguntas histéricas de Héctor. Lo llevan a una sala llena de instrumentos en forma de gorra de golf para realizarle un TAC cerebral. La prueba dura pocos segundos.

Héctor tiene un tumor cerebral terminal. Los médicos le aseguran que le quedan seis meses escasos de vida. Pero lo sorprendente es que el tumor no es normal sino que está originado por un microorganismo desconocido muy contagioso. Se trata de una bacteria superresistente a los antibióticos que parece pulverizar el ADN del hospedador en puntos clave. Los protooncogenes que tardarían años en dañarse espontáneamente, se desmoronan en minutos por la toxina que libera la bacteria.

Se toman medidas extremas. Héctor es encerrado en una sala hermética del hospital, para aislarlo del resto de enfermos.

El intento de aislamiento no funciona, el número de casos de ese tipo de tumor cerebral alcanza pronto proporciones epidémicas. Comienzan a registrarse muertes fuera de España. La OMS declara nivel de pandemia mundial. La gente atemorizada se refugia en sus casas ante el avance implacable de la enfermedad.
Pero Héctor aún sigue vivo mientras ve morir a todo el mundo a su alrededor. Su cabeza posee un abultamiento monstruoso, pero milagrosamente su tumor le ha hecho desarrollar nuevas capacidades mentales. Los sorprendidos galenos exploran su cabeza una y otra vez.

Después de dos meses del inicio del brote y con tres cuartas partes de la población mundial muerta, se llega a la conclusión de que Héctor está equipado con un gen gracias al cuál ha conseguido convivir en simbiosis con la bacteria.

Héctor era de Binéfar, un aragonés. Los científicos inmediatamente observan que la mayoría de los infectados aragoneses subsisten. El gen procedía de la cuenca del Ebro. Una mutación que confiere cierta inmunidad al portador dando lugar a la superraza aragonesa. La última esperanza de la especie humana.

Cinco años después de ese maldito 9 de Junio conocido como IFH “Inicio del Fin de la Humanidad” Todos los supervivientes se han trasladado a Zaragoza, ciudad que se ha convertido en el principal núcleo de población mundial. Todos los posthumanos, portadores de cabezas deformadas y grotescas, sobreviven bajo el nuevo orden dictado por Héctor, el primer superviviente del microorganismo “vivae aragonaquia”, el poseedor de la cabeza más grande del mundo, la mayor inteligencia de todos los tiempos.

La naturaleza había querido dar otra oportunidad a la humanidad, fundiéndola en simbiosis con todos los organismos del planeta. Pero en 2864, nadie se esperaba lo que ocurrió al hombre cuando…

 

Durante toda mi vida creí que los valores e ideales que una gana día tras día dejaban su huella reflejada en la personalidad de cada individuo, traté de hacer frente al miedo a la muerte entendiendo la vida humana como una obra maestra que paradójicamente alcanza su cumbre llegado su fin… Me resulta doloroso asumir que esto tan bello que he llegado a poseer sea mera química y circuitos integrados.

Un fuerte estruendo interrumpe el hilo de mis pensamientos. Es mi marido Luis, sabía que ese hijo de puta mentía. Se aproxima con una pistola. Me suelta un sermón recordándome todo lo que me ha querido, los encantadores momentos vividos, nuestros hijos… Dice que le hubiese gustado que las cosas no acabasen así y articula una fría sonrisa. El tiempo se paraliza un instante. Descarga todo un arsenal de balas cromadas sobre mi pecho. Siento como desaparece esa ansia de sobrevivir, típicamente agónica, que siempre creí que sentiría llegado el momento. No tengo miedo.

Es cierto todo lo que dicen sobre las personas que están a punto de morir, como ven su vida pasar a modo de película. Mi cerebro empieza a evocar recuerdos a medida que la sangre mana de mi boca… Luces rojas, humo de tabaco, botellas de alcohol y ropa sexy. Tenía veintiún años y era bailarina de strip-tease en un club de alterne. El sueldo era escaso pero el mundo de la noche y la cocaína me tenían atrapada. Recuerdo que aquella vez terminé agotada. El hombre del sombrero verde que llevaba viniéndome a ver desde hacía semanas me invitó a tomar una copa. Mi vida era una completa ruina: llegaría al sofá y esperaría a que amaneciese viendo la teletienda y luego empalmaría con mi trabajo diurno en el súper, no tenía nada que perder; acepté. Con el primer sorbo del gintonic supe que algo no marchaba bien, noté que no sabía como de costumbre: perdí el conocimiento antes de preguntarle siquiera quien era. Desperté atada en una camilla.

Al abrir los ojos no pude identificar donde me encontraba: parecía una sala de operaciones, solo que mucho más tétrica y con extraños aparatos. Comencé a gritar. Pronto llegó el hombre del sombrero verde pero esta vez sin el aspecto del pervertido que venía cada noche a verme bailar. Mientras me aplicaba más y más anestesia y ajustaba los controles de las máquinas me explicó que trabajaba para una de las principales corporaciones industriales del continente; gente de orden. El sistema educativo era un completo fracaso, por lo que a su equipo le habían encomendado la tarea de barrer la ignorancia en las calles, de limpiar la podredumbre social y hacer de este país un lugar mejor en el que vivir. Sin embargo también estaba dispuesto a hacer horas extras por su cuenta. Yo iba a ser su rata de laboratorio.

Habían logrado desarrollar una compleja placa informática que, acoplada al córtex cerebral y estimulada por dopamina, permitiría remodelar la personalidad de un individuo e incorporar en él todo tipo de conocimientos.
Quedó fascinado cuando pudo poner a prueba los resultados de la intervención en mi cabeza. Hizo de mí su mujer. Con el tiempo logramos alcanzar una vida familiar perfectamente compenetrada. Llegamos a querernos y traté de convencerle para que abandonase sus absurdos planes…

Creía que lo había conseguido, pero me equivoqué. Veinte años después descubrí que jamás había abandonado por completo sus investigaciones. Él me aseguró que no, que eran cosas del trabajo, nada más. Pensé que la profunda crisis económica había despertado de nuevo en Luis aquella oscura faceta.

He intentado reconducir sus obsesiones pero todo ha sido en vano. Tan solo me quedan unos pocos segundos más de vida y los invierto en leer la nota que mi marido ha dejado junto a mi futuro fiambre:

“Nunca entendiste mi filosofía. El grupo funcional del nuevo compuesto se ha acoplado perfectamente a la composición del aire. A este país le espera un nuevo amanecer. Adiós a los escalafones sociales que llenan de mierda la ciudadanía, adiós a los políticos.”

P.D.: No tendré piedad con nadie: las putas no se salvan dos veces.

 

Año 2089. Videolog  153 y los días se cruzan en mi cabeza. Estoy a bordo de la Destiny 5. Mi nombre es Brandon Salvatierra y soy uno de los últimos seres humanos con vida. Empiezo a notar los síntomas de la enfermedad. A partir de ahora continuarán con esta bitácora mis dos robots de mantenimiento.

Hace un año yo era un despreocupado técnico de sistemas. Mis intereses eran saber quien ganaría la Liga y qué regalarle a mi novia por su cumpleaños. Sin embargo todo esto cambió aquel miércoles negro. El descubrimiento de una nueva epidemia nos sobrecogió a todos. Al principió pensábamos que se llevaría por delante a unos millones de personas pero que al final los médicos lograrían encontrar una vacuna efectiva que la frenaría y con los años la erradicaría, pero nos equivocábamos, era una pandemia.

El virus que causaba la enfermedad mutaba fácilmente y se transmitía rápidamente por medio del aire. Era capaz incluso de autorreplicarse, algo completamente anómalo. Sin embargo eso no era lo peor; el virus podía resistir un gran abanico de temperaturas que iban desde bajo cero hasta más de sesenta grados centígrados, lo que dejaba  prácticamente todas las zonas de la tierra expuestas al microorganismo.

No se logró determinar cuál fue el foco de origen, el virus parecía proceder de miles de puntos a la vez sin que se pudiese frenar su avance. Muchos países obligaron a sus habitantes a permanecer en casa bajo orden militar, instalaron filtros biológicos para la entrada de aire a los edificios, obligaron a llevar mascarillas y a aislar a los enfermos. Todo fue inútil, por más que nos empeñásemos el virus siempre conseguía continuar su avance imparable.

Habría pasado un mes. Llamaron a la puerta unos soldados con máscaras que no identifiqué con ningún país. Me preguntaron por mi nombre  y me extrajeron sangre. Luego me sacaron rápidamente del edificio bajo la mirada atónita de mis vecinos que vieron como me subían a un camión y desaparecía calle arriba. Allí mismo me administraron lo que luego supe que era un sedante.

Desperté tumbado en una cama. De fondo escuchaba el molesto ruido de un ventilador que traía aire filtrado desde el exterior. Entró en la sala un médico acompañado de un soldado. Rápidamente me lancé sobre el doctor haciéndole todo tipo de preguntas sobre qué hacia aquí y qué me habían hecho. Por desgracia y antes de que acabara la pregunta, recibí una descarga eléctrica procedente del Taser del soldado y me hizo quedar de nuevo inconsciente. Con el segundo despertar me encontraba en la misma cama que antes pero esta vez atado. A mi lado se encontraba el médico, esta vez  sin el soldado. Se alegró de que abriera mis ojos y me explicó que había sido escogido para el proyecto Cortafuegos. Me reveló que el proyecto consistía en cinco naves espaciales Destiny que partirían con humanos sanos para ocupar todos los establecimientos orbitales disponibles. Se trataba de conservar a toda costa un rincón libre de la epidemia donde salvaguardar a los restos de la especie humana. Ese mismo día conocí la nave y al resto del pasaje. Además de la tripulación, había otras personas resistentes al virus como yo.

Nos enviaron al espacio. Cada Destiny se alejó del que había sido nuestro hogar. Ocupamos nuestra estación espacial, y aquella misma mañana comprendimos la magnitud del error que se había cometido. La epidemia estaba en el espacio. El virus había llegado del espacio y había caído a la Tierra desde la atmósfera; lo supimos nada más analizar el casco y el interior del satélite. Los operarios de la estación habían muerto hacía mucho tiempo, antes de que aparecieran los primeros brotes en la Tierra. En aquellos cuerpos hallamos los restos de la cepa original.

Fue la primera evidencia de vida extraterrestre. El mayor descubrimiento de la historia y  nadie iba a sobrevivir para celebrarlo. Perdimos la comunicación con las demás naves y con la Tierra. Durante estos meses he instruido como he podido a los robots del satélite, ahora ellos conocen todos los detalles. Tratadlos bien. Son todo lo que quedó de nosotros.

“Por aquel entonces tenía 16 años. Sacaba notas anormales para un chico que se pasaba en día conectado al Messenger y que solo pensaba en lo buena que estaba la vecina del 5º F. Ninguno de mis compañeros de clase podían explicarse cómo demonios conseguía acertar la mayoría de las preguntas que me iban a caer en los exámenes. Algunos lo llamaba intuición; otros, sexto sentido; para mí era simplemente suerte. Con el paso de los años ya no eran sólo las preguntas del examen, sabía con exactitud cuando iba a llover o cuando se acercaba un apagón eléctrico, incluso jugaba a cruzar la calle sin mirar cuando intuía que no había riesgo.


María fue mi novia desde primero de carrera, no era tan guapa como la vecina, pero sus ojos cristalinos me dejaron encandilado desde el primer momento en que la vi entrar por aquella puerta verde. María era para mí una gran excepción. Era totalmente impredecible. Se puede decir que ella era como un accidente aleatorio comparada con el resto de las cosas que sucedían a mi alrededor. No sé que tenía, pero parecía como si ella no estuviera escrita en la película que podía percibir como mi destino. Cuando me encontraba frente a ella podía predecir la hora y el minuto exacto en el que el jarrón que estaba en la mesa del comedor iba a ser roto “accidentalmente” por mi sobrino Elías, pero en cambio no podía determinar cuál iba a ser la siguiente palabra que me dedicaría ella.


Llegamos a ser una pareja casi perfecta y se convirtió en la única persona que conocía mis “habilidades”. La primera vez que le conté que el destino estaba escrito y que yo parecía ser el dueño de ese libro se lo tomó a risa. Me miró y me sacó la lengua. Una de las cosas que más envidiaba de la gente corriente era su capacidad para ser sorprendidos. María era la única que lo podía conseguir. “El destino está escrito, pero yo tengo tippex”, me había escrito en una hoja de papel. Volvió a sorprenderme de nuevo cuando me besó apasionadamente y me confesó que ya lo sabía.


Llegó la fecha de nuestra graduación, habíamos preparado entre todos los amigos una cena de despedida. Nos encontrábamos sentados cuando llegó el último invitado. Brendan era un enamorado empedernido de mi novia y no había perdido la ocasión de hacerse el pesado, ahora que pasaba unos días en España. Fue verlo entrar por la puerta de cristal de restaurante cuando, una vez más, contemplé todas las intenciones de aquel inglés extraño. No sé ni cómo ni por qué pero esa misma noche Brendan iba a asesinar a la mujer de mi vida. Me levanté aturdido de la mesa y le dije a María que cogiera el abrigo, que debíamos irnos. Ella lo interpretó mal, le pareció ver en mí un enfermizo ataque de celos y dijo que se quedaba.


Terminada la cena, cuando ya sólo estábamos en el bar ella y yo, decidimos que era la hora de irnos. Salí a buscar el coche porque estaba aparcado lejos y ella llevaba unos tacones de infarto. Una vez metido en el coche me di cuenta de la barbaridad que había hecho. Había dejado sola a María en la puerta del restaurante y juro que conocía perfectamente las intenciones de Brendan. Llegué a la puerta lo más rápido que pude pero el destino una vez más me demostró que era inexorable. Allí estaba ella, sola, tirada en la acera y con varias heridas por el pecho. Ese cabrón le había apuñalado al menos en diez ocasiones. Me senté junto a ella y me puse a llorar desconsoladamente. Me despertaron las luces y el sonido de las sirenas de la policía y hasta aquí os puedo contar.


Sigo viendo lo que me espera y, aunque sé que mi relato no os impresiona, haríais bien en daros cuenta de lo doloroso que ha sido para mí recordar la muerte de María entre cuatro rejas, enfrente de vosotros, tres policías repletos de comportamientos previsibles que me acusaréis injustamente de su muerte.

Recuerdo que lo tenía todo. Juventud, éxito, una cuenta corriente que crecía rápidamente, varias novias con las que había trazado planes…  Mi profesión era llamada de muchas maneras. Detective genético, biohacker, biobuscador. Pero yo prefería el apodo con el que nos habían bautizado los operarios de agua y vertido de los ayuntamientos, ellos nos llamaban “merdoleros”.

Los detectives merdoleros constituíamos el lado romántico de las investigaciones policiales. Trabajando en solitario, a la vieja usanza, éramos sabuesos implacables. En el tecnificado mundo de finales del XXI donde las investigaciones funcionaban en complejos equipos, con individuos que eran simples piezas de un engranaje altamente automatizado y sin cabida para la creatividad personal, los merdoleros suponíamos la sucia pero necesaria chispa de intuición que complementaba las pesquisas oficiales.

Eran tiempos en los que la delincuencia estaba tan profesionalizada que los cambios de cara estaban a la orden del día y las identidades falsas pasaban la prueba de los mejores programas de identificación. Pero había algo con lo que la tecnología no había conseguido terminar: la necesidad de cagar. En tus excrementos viajan tus restos celulares, tu ADN, tu fotografía genética. Y era exactamente ése el material con el que trabajábamos los merdoleros.

Naturalmente los criminales fueron aprendiendo a tomar medidas de autoprotección, era frecuente que hicieran sus necesidades en depósitos de ácido que borraban toda huella, pero ¿cómo evitar que algún resto de saliva fluyera libre por tus desagües? ¿cómo evitar un descuido y terminar aclarándote las manos, haciendo bajar por las tuberías centenares de células de tu piel? Todos acababan cometiendo errores y, para cuando eso sucedía, allí estaba yo.

Solía contratarme la propia policía. Me proporcionaban restos génicos hallados en escenarios de crímenes no resueltos, entonces, armado con mis viejos biochips, me dirigía furtivamente a las principales depuradoras del país. Mi lugar preferido eran los tanques de decantación primaria. A lo largo de varias noches, tomaba muestras de aquellos residuos orgánicos hasta que obtenía un positivo. A continuación hurgaba en los diferentes colectores que vertían allí su carga de podredumbre, para luego ir afinando, siempre corriente arriba, siempre por alcantarillas cada vez más estrechas hasta localizar la manzana desde donde mi objetivo se sentaba cada mañana a defecar. Era como escribir un poema. El punto final era cuando obtenía una renaturalización total, cuando los diodos ardían todos a la vez en luces de resultados positivos. Luego la entrega del sobre y el cobro de la paga. Buenas pagas que iban a garantizarme pronto una jubilación en alguna isla de recreo, donde quizá escribiría algún libro de memorias.

Viví durante mucho tiempo ajeno a los rumores que circulaban y en los que se decía que los merdoleros estábamos comenzando a ser una molesta competencia para el ministerio de justicia. Escuché algunas historias que hablaban de merdoleros haciendo trabajos para la mafia, posibilitando ajustes de cuentas, incluso se decía que habían muerto asesinados varios testigos protegidos que, misteriosamente, habían sido localizados antes del comienzo de los juicios.

Aquella mañana, después de haber entregado y cobrado un trabajo fino, se me congeló la sangre al contemplar por televisión el cadáver acribillado de Marcus, uno de los más veteranos merdoleros del país. Lo habían asesinado en su casa, en la dirección que horas antes yo había escrito y entregado en una hoja doblada de papel a ese tipo de la policía.

Desde entonces hemos caído a cientos. Nos están cazando como a conejos, en nuestro propio terreno y con nuestras propias armas. Ahora vivo como una rata vagabunda; escondiéndome, cambiando de domicilio continuamente. Tomo todas las precauciones conocidas. Vivo rodeado de orinales que voy vertiendo en un depósito de salfumán. Una vez por semana viajo al mar para vaciarlo. Sé que cada minuto de mi vida puede ser el último porque ¿cómo evitar que algún resto de saliva fluya libre por tus desagües? ¿cómo evitar un descuido y terminar aclarándote las manos, haciendo bajar por las tuberías centenares de células de tu piel?

El dinero se acaba, aquellas novias me dejaron y ya no espero escribir ningún libro de memorias. Lo único que sigo preguntándome es quién será y sobre todo cómo conseguirán localizar al último merdolero.

Manuel Buil

Queda abierto el plazo para elegir el mejor relato de ciencia del año 2011. Recordad que cada persona puede votar los dos relatos preferidos. Por favor, indicad los títulos y los autores, así como el nombre del votante.

Un día más me despierta esa maldita alarma, y como cada mañana, me pongo en pie y bajo a la cocina donde me espera un café recién hecho y mi asistenta Adriana, que no duda en dedicarme una sonrisa al verme aparecer por la puerta.
Media hora más tarde y tras haber asignado a Adriana sus tareas diarias, cojo mi libro y me dirijo hacia la terraza donde un día mas, me siento en mi vieja silla de mimbre.

Pese a que esto ya es una rutina, creo que jamás me acostumbraré a abrir el libro y ver su fotografía, que ahora es mi marca páginas, desgastada por las lágrimas que han sido derramadas sobre ella.

Al principio creí que podría olvidarla, y aunque suene cruel tengo que admitir que me esforcé en hacerlo, incluso intente imaginar como era mi vida antes de que ella existiese; pero todo fue en vano.

Entre tanto pensamiento, oigo la voz de Adriana gritar, parece que es hora de comer y hoy no puedo retrasarme ni un minuto en mis horarios, ya que en apenas un rato tengo que estar en ese centro comercial.

Después de una buena comida y unos cuantos arreglos en cuanto a ropa y peinado se refiere, salgo de casa, y una hora más tarde estoy ya preparado para dar el esperado discurso sobre mi libro. Miro a mí alrededor, todo el mundo deposita sus curiosas miradas en mí, así que parece que ya es hora de empezar.

Comienzo mi discurso, las palabras me salen con tanta soltura que me sorprendo a mí mismo; pero de repente, algo cambia. Entre todas esas miradas curiosas hay una que llama mi atención. Es un hombre, aparentemente joven y en su mirada veo reflejada la mía propia. Sí, esa mirada de felicidad que hace unos años alumbraba mi cara. Es entonces cuando decido dar un giro radical a mi discurso y decido hablarle a toda esa gente desde mi propia experiencia, de corazón. Intentando hacerles entender cómo he llegado hasta mi éxito como escritor.

“Todo empezó hace unos cuarenta años. Tras nueve meses de espera y cinco horas de sufrimiento por parte de mi difunta esposa, llegó ella al mundo. Supongo que durante sus primeros meses de vida, fue más un estorbo para mí que una alegría, y es que debo reconocer que estaba convencido de que la Laura había sido el motivo de la muerte de mi mujer.

Conforme ella iba creciendo, yo iba queriéndola cada vez más, y en cuanto alcanzó su primer año de edad , yo ya estaba convencido de que ella era el motivo de mi existencia.Pero cuando cumplió 13 años a Laura le detectaron una enfermedad de las consideradas “raras” que diez meses mas tarde provocó su muerte.La rabia era tal en mí, que no podía permitir que ese dolor lo padeciesen también otras personas.

Es por eso que decidí entrar en el mundo de la ciencia  y es así como he pasado los últimos veinte años de mi vida, investigando la telomerasa , no con el objetivo de hacer de una persona un ser inmortal, sino intentando mejorar la salud y la calidad de vida de miles de ellas. Hoy por hoy, una enfermedad de corazón me mantiene alejado de ese mundo, pero aún así dedico mi tiempo libre a escribir libros sobre ciencia y en especial, sobre este tema, con la esperanza de que despierten el interés de la gente…”

Ya ha pasado media hora y entre todos esos aplausos, sonrisas y alguna que otra lágrima veo cumplido mi objetivo, hacer que se den cuenta de la realidad que los rodea.

Para finalizar con el discurso, les pido dos cosas, dos cosas que sé que todos y cada uno de ellos cumplirán: que valoren lo que tienen porque en el momento más inesperado todo puede desaparecer y que médicos e investigadores jamás se desanimen y que luchen por poner remedio a esas enfermedades, acabando así con el llanto de muchas personas, transformándolo en esperanza y sonrisas, porque detrás de cada una de esas sonrisas estará cada una de las personas fallecidas por una enfermedad rara, personas como Laura.

                                                                                    
 

Julio-1990.
Tengo diecinueve años, estoy estudiando Medicina y a veces me pregunto si fue por vocación o por el deseo de ayudar a una persona muy importante en mi vida, mi abuela. Desde que yo era niña ella ha estado junto a mí, hemos compartido risas y también lágrimas, confidencias y algún enfado e incluso alguna que otra reprimenda pero al final, con la sabiduría que dan los años, siempre acababa aprendiendo algo de ella.

Era una persona muy vital, alegre, divertida, incansable… Recuerdo que cuando salía del colegio con mis amigas íbamos a merendar a su casa todas las tardes. Nos contaba historietas de cuando era niña e incluso nos daba algún que otro consejo a cerca de los chicos y yo le decía: “Abuela, eso está pasado de moda, ahora es diferente, son otros tiempos”. Pero llegaba el momento de tener que irte para casa, y aunque seguía manteniendo su bonita sonrisa, sabía que ya no estaba tan feliz y, ver como se quedaba sola en su casa me afectaba, por eso muchas veces me iba a pasar el fin de semana con ella; nunca olvidaré esos buenos momentos vividos juntas.

Septiembre-1995.
Han  pasado algunos años de todo aquello pero sigo yendo a verla todos los días cuando salgo de la facultad, aunque ya no es lo mismo. Ahora al verme, se queda mirándome, no sabe qué decirme y muchas veces no recuerda ni mi nombre; casi no queda ni rastro de aquella mujer que yo tanto quería. Se acabaron las conversaciones y los sabios consejos.

En este momento necesita alguien a su lado constantemente, ha olvidado las cosas más esenciales de la vida como vestirse, comer, pasear, subir escaleras e incluso hablar… tampoco puede salir de casa, ya que no recuerda nada de lo que en algún momento vio y no sabría como poder regresar, a veces no reconoce ni su propia casa.

Todas estas cosas son consecuencia de esa maldita enfermedad llamada Alzheimer, por la cual las neuronas de una persona mueren, diferentes zonas del cerebro se atrofian y esto lleva a la pérdida de la memoria y otras capacidades mentales. Pero lo peor de todo es que todavía no se ha creado una cura.

Empecé Medicina con el firme propósito de encontrar alguna solución para este gran problema y así llegué a formar parte de un grupo de investigadores que estaban trabajando en este tema.

Iba pasando el tiempo y la enfermedad de mi abuela avanzaba también. Era consciente de que a pesar de todos nuestros esfuerzos y de los avances que poco a poco íbamos consiguiendo, ya sería tarde para ella.

Diciembre-2020
Durante todos estos años no hemos parado de trabajar para poder encontrar una solución. Hemos pasado horas y horas analizando resultados en el laboratorio, contrastando opiniones entre nuestro equipo y con especialistas de otros países que también están trabajando para conseguir el mismo objetivo, haciendo pruebas y observando comportamientos…

    Ha sido una lucha larga y dura pero hoy podemos decir que por fin lo hemos logrado, todo nuestro esfuerzo ha valido la pena. Ahora ya tenemos respuesta a todas las preguntas que antes nos planteábamos. El tratamiento para esta enfermedad permite recuperar las partes del cerebro que están atrofiadas, que las neuronas no lleguen a morir…

Estoy contenta por todo lo que hemos conseguido porque se que ayudará a muchas personas que sufren este problema, pero a la vez siento un gran dolor cuando pienso en mi abuela y en todos los momentos que pasamos juntas y lo más triste de todo es que murió teniéndome a su lado pero sin reconocerme.
Ahora esto ya no volverá a ocurrir.

 

Suena el despertador. El reloj marca las 7:30. Oigo a mi vecino cantar la misma canción de todas las mañanas. Parece el mismo ritual de siempre: me visto, desayuno (café y galletas, como es de costumbre), me lavo los dientes, miro el contestador para asegurarme de que no han dejado ningún mensaje mientras dormía, y marcho al trabajo. Lo mismo, siempre lo mismo. Voy caminando, cabizbaja, mirando lo bien que me quedan las botas que me compré el jueves. Paso desapercibida entre la multitud, como una simple joven de 26 años que se dirige a su trabajo, bióloga, por si no lo había mencionado. Pero por un instante me paro a pensar, a observar cada detalle de mi alrededor: hace un precioso día, una niña de cuatro años aproximadamente le pide a su madre que le compre una piruleta y el hombre que hay al lado suyo no se ha dado cuenta de que lleva la chaqueta del revés. Me río y sigo caminando.

Mientras estaba sumida en lo más profundo de mis pensamientos, la voz de un hombre me devolvió al mundo real. ¿Tienes hora?, me preguntó. Al levantar la cabeza me di cuenta de que ese mismo hombre había sido mi compañero de facultad durante casi tres años. Su nombre era Ricardo. Desde la última vez que lo vi había cambiado muchísimo. Se había cortado el pelo y ya no tenía esas largas patillas que llevaba por aquel entonces. Eso sí, sus ojos eran igual de grandes y cristalinos que antes. Como ya se hacía tarde, decidimos quedar a la hora de comer.

Durante toda la mañana estuve pensando en la cita, si se puede llamar así, sin prestar apenas atención a las tareas que me había mandado mi jefe. Cuando el reloj de la pared marcó las dos, salí disparada por la puerta sin pensármelo dos veces. No se por qué pero estaba un poco nerviosa. Me dirigí al restaurante, pero esta vez no prestaba atención a lo que ocurría a mi alrededor.

En la comida estuvimos hablando sobre lo que nos había deparado la vida. Yo no tenía mucho que contar, sin embargo, él me dijo que trabajaba en un laboratorio. Estaban a punto de descubrir la manera exacta de clonar a un ser humano. No se trataba de una simple transferencia nuclear, sino de sacar una copia idéntica de un adulto. Así estuvimos charlando un buen rato y creo que ambos nos dimos cuenta de la conexión que habíamos tenido. Volvimos a quedar y estuvimos viéndonos varios meses, hasta que me di cuenta de que Ricardo realmente me gustaba. Una noche, mientras estábamos cenando en su casa, me propuso que me fuera a vivir con él. Acepté.

A partir de entonces empecé a ayudarle en sus investigaciones y me di cuenta de que, aquello que al principio había visto como una tontería, no lo era. Realmente estábamos a punto de conocer la manera exacta de clonar a una persona. Era increíble.

 Una tarde, llegué a casa un par de horas antes. Al entrar por la puerta de la habitación, me encontré a Ricardo con otra mujer. La había visto algún día merodear por el laboratorio. Era alta, delgada y con una larga melena oscura. Le pidió a la señorita que se marchara y me suplicó que le perdonase. En ese momento me pasaron por la cabeza miles de cosas y me dejé llevar por los instintos de una mujer despechada. Cogí un cuchillo y le apuñalé varias veces en el pecho. Su sangre brotaba y, antes de exhalar el último aliento, sus palabras fueron estas: “Nunca he dejado de quererte, mi vida”.

Después de estar pensando un largo rato, me arrepentí como nunca antes lo había hecho de asesinarlo. Jamás había sentido un remordimiento mayor, pero ya era demasiado tarde para cambiar las cosas. Y de repente se me ocurrió una idea brillante: nunca antes lo había intentado, pero decidí hacer una copia exacta de Ricardo, un clon. De este modo, nadie sabría nunca lo que había pasado y yo podría seguir llevando una vida más o menos normal. Junto a él.
                                                                     

                                                                                         Ana Adell 1º B

 

Todo empezó en uno de nuestros viajes en el cual visitábamos una zona, ahora desierta, donde en otro tiempo hubo una gran ciudad, con millones de habitantes. Ahora no quedaba ningún resto de civilización.

De repente, caminando por este desierto se abrió ante nosotros un gran agujero por el que nos fuimos adentrando lentamente. Enseguida notamos que se hacía difícil respirar. El aire era más denso y poco a poco un pesado sueño se fue apoderando de nosotros, hasta que perdimos el conocimiento. Cuando despertamos nos encontramos acostados en una cápsula de cristal totalmente hermética, unos individuos nos observaban.

Los observadores entraron a la cápsula, se dirigieron hacia nosotros y nos preguntaron que si nos encontrábamos bien, a lo que contestamos que sí. Al preguntarles donde nos encontrábamos, nos dijeron que estábamos en una compleja instalación de descontaminación. Gracias a ella habíamos quedado libres de toda la contaminación exterior y de esta manera podían enseñarnos su ciudad. En apariencia era una ciudad perfecta, no había coches, ni fábricas, ni ningún otra fuente de polución. Sus habitantes eran personas muy sanas, alegres, llenas de vida.

Asombrados les preguntamos que es lo que había sucedido. Nos explicaron que debido a una nube tóxica la mayoría de los habitantes de su ciudad no sobrevivieron, a la vez que desapareció todo signo de vida. Los que sobrevivieron se refugiaron en este gran agujero que se formó debido a las repetidas explosiones ocasionadas por la nube tóxica.

Con gran esfuerzo habían ido creando todo lo que ahora contemplábamos. Su mayor problema era la falta de aire puro, que era escaso y no podían desperdiciarlo.

En primer lugar tuvieron que cerrar la entrada a su agujero para que no entrase ningún agente contaminante que hiciese peligrar su medio de vida. Tuvieron la gran suerte de rescatar del desastre los restos de un gran proyecto científico que se había estado realizando y que consistía en disminuir la degradación ambiental.
Enseguida se habían puesto a trabajar, cada uno aportaba sus conocimientos y ayudaba en lo que podía, mayores y niños, todos tenían nuestras tareas asignadas. El trabajo fue duro, pero poco a poco fue tomando forma. Construyeron una gran cápsula que cada cierto tiempo se abre y deja entrar aire del exterior, aire contaminado, el cual en la cápsula descontaminante se limpia y de esta forma puede ser utilizado en la ciudad. También disponían de reservas en caso de que hubiese alguna entrada de aire tóxico.

Ahora formamos parte de todo esto. Como veréis algo que parece tan simple como el aire que respiramos es un bien muy escaso y todos nosotros respetamos y cuidamos para que no desaparezca. En nuestra ciudad tratamos de que todo sea natural.